Frontera Masacre
Capítulo 1. Animales
Géant está cansado
El Capitán Bueno de la Fuerza Armada Dominicana da la orden de abrir los portones de la frontera. Junto a él hay un grupo de diez militares con fusiles y pertrechos de guerra. Son las 8 de la mañana y al menos 20,000 haitianos cruzarán hacia la ciudad de Dajabón para comprar en el mercado binacional lo que no pueden conseguir en los pueblos fronterizos de Haití, que es casi todo. Del lado haitiano, un policía muy rudo trata de organizar a la multitud como lo haría un pastor con un ganado empecinado en desordenarse: a garrotazos. Es un haitiano enorme, musculoso y con una barriga prominente que le hace caminar balanceando los brazos casi detrás de su espalda. Le llamaremos Géant para proteger su identidad. Tiene las piernas arqueadas y fuertes y ha decorado su dentadura con coronas de plata. Zumba el primer golpe sobre la multitud, zumba el segundo y en un afán de huir de él unas 60 personas se lastiman entre sí durante una pequeña estampida.
Géant tiene un trabajo pesado, pesadísimo. Ahora persigue a un niño que intenta pasar cargando una caja de lustre de zapatos, y luego atiza a palazos a una mujer que, aprovechándose de su descuido, quiso saltarse la línea. Géant suda copiosamente mientras corre por el estrecho puente, de no más de 30 pasos de ancho, y golpea a la gente con su palo delgado. Pero es muy grande, y pronto se va quedando sin aliento, de tanto correr, de tanto pegar.
Del lado dominicano la estrategia es más sofisticada: son varios los encargados de atormentar a esta marea humana movida por la necesidad. El Capitán Bueno, además de sus fusiles reglamentarios, tiene un bate de béisbol. Sus hombres, palos de madera. Todos cargan pistolas de electricidad que al encenderlas hacen un ruido espantoso como el canto de cien cigarras.
“Son como animales”, me dice el Capitán Bueno después de asestar un buen garrotazo sobre el bulto que un haitiano cargaba sobre su cabeza y que trataba de colar sin hacer fila.
La escena transcurre una mañana de febrero de 2024 en el puente fronterizo construido sobre el río Masacre, un riachuelo que ha constituido la frontera natural que divide los dos países que comparten la isla de La Española. La frontera estuvo cerrada dos meses a finales de 2023 por serios problemas diplomáticos entre dos naciones con serios enfrentamientos históricos. A esto se ha sumado una crisis de violencia en Haití luego de que en 2021 un terremoto dejó en el suelo la infraestructura básica como hospitales, carreteras, escuelas y estaciones de policía un mes después del asesinato del presidente Jovenel Moise, y confederaciones de bandas criminales como el G9, el G-Pep, y los 400 Mawazo (400 Pensamientos) de Puerto Príncipe, la capital, se tomaran la mayor parte de la ciudad.
La crisis humanitaria, que ya sufría el país desde otro terremoto en 2010, llegó a niveles nunca antes vistos en América. Un 60% por ciento de los haitianos (seis millones) viven por debajo del umbral de la pobreza. La mayor parte no tiene acceso a agua potable ni aguas residuales. Enfermedades superadas en casi todos los países del mundo como el cólera y la malaria hacen estragos entre la población. La situación haitiana es tan precaria que cuatro de cada diez haitianos no reciben los nutrientes necesarios para seguir viviendo, y por lo tanto comienza un proceso de autoconsumo que con el tiempo lleva a la muerte. Según datos del Banco Mundial y otras multilaterales, 2.5 millones viven el extranjero, pero especialistas de ACNUR coinciden en que que hay un subregistro: es casi imposible saber cuántos viven en República Dominicana y cuántos están en países como Chile, Colombia y México. Todos estos factores empujan a miles de haitianos cada día a colarse por esta frontera, donde sus vecinos, a quienes la historia trató mejor.
Persignados a garrotazos por Géant y los hombres del Capitán Bueno, por este puente pasan unas 40 mil personas cada semana. El mercado binacional de Dajabón abre los lunes y viernes todo el día, pero los haitianos tienen que regresar a su país a las 4 de la tarde. Cientos no lo hacen. Se esconden entre los bultos del mercado para luego huir por la noche o pagan a militares para pasar el cerco de soldados que rodea la ciudad de Dajabón y buscar comida y trabajo en República Dominicana. Otros miles cruzan la frontera por sus puntos más vulnerables, hacinados en camionetas o fondos falsos de camiones de carga. Siempre están los que no tienen nada que intercambiar. Estos atraviesan el río Masacre a nado y optan por la estrategia de los pobres: correr y correr hasta perder a sus captores o ser apresados por ellos.
Géant está cansado. Ya son las 12 del mediodía, la brisa de la mañana nos ha abandonado y el sol se empecina en evaporarnos el cerebro. Un barullo de haitianos se arremolina y pretende evadir la fila, pero Géant los caza y suelta un garrotazo que va dirigido a los costales que cargan en la cabeza. Quizá falla por el cansancio y el golpe termina aterrizando en la cabeza de una mujer que cae al suelo semiinconsciente, desparramando sus bultos por el suelo.
“Son como animales”, me vuelve a decir el Capitán Bueno, mientras mira la escena y menea la cabeza en señal de desaprobación.
Esta afirmación, puesta en boca de incontables dominicanos, acompañará todo mi reporteo para esta serie llamada Frontera Masacre, y acompaña al pueblo haitiano desde sus orígenes, lejos, muy lejos de este puente y su río macilento.
Un hospital para nacer, un cementerio para vivir
El cementerio municipal de Dajabón luce vacío esta noche. Supongo que es de esta manera que deben lucir los cementerios por la noche, pero este, hasta hace poco, estaba lleno de vida. Una sombra pequeña se mueve por entre las tumbas y huye de nosotros. “No creo que hallemos a nadie hoy, quizá ya en la madrugada los haitianos se animen a venir”, me dice Virgil, mi guía por esta noche. Virgil no es su nombre real, es un periodista local de unos 40 años y trabaja como corresponsal para varias cadenas dominicanas e internacionales. Esta noche de viernes me deja acompañarle en su recorrido por la ciudad en busca de historias.
Empezamos por el cementerio, donde en noviembre de 2023, el alcalde Santiago Riverón, un hombrón grande que usa casi siempre botas y sombrero y que se vende a sí mismo como “el guardián de la frontera”, llegó acá, escopeta en mano, acompañado de un equipo de cámaras de la alcaldía y un séquito de hombres armados. Su heroica incursión se debía a que se habían acumulado varias denuncias sobre ritos “satánicos” de los haitianos en el cementerio de la ciudad. Casi todos los dominicanos que entrevisté, y entrevisté decenas, estaban de acuerdo en que los haitianos practican la magia negra o el satanismo, y coinciden en que muchos de sus oscuros ritos se llevan a cabo en los cementerios o sus alrededores. En aquella incursión el alcalde mostró a las cámaras algunos nichos saqueados, con fragmentos de osamentas afuera y algunas señales de hogueras. Para él, eran muestras inequívocas de la presencia de “ritos haitianos” en el lugar.
Los haitianos no son satanistas, valga la aclaración. El 82% eran practicantes cristianos en 2010, según el dato más reciente del gobierno de Haití. Sin embargo, me dirán al menos una decena de haitianos a ambos lados de la frontera, casi todos combinan estas creencias con alguna de las ramas del vudú.
Según el antropólogo suizo de principios del siglo XX Alfred Métraux, el vudú es una religión que, si bien tiene orígenes africanos, se desarrolló en el seno de las plantaciones de caña que funcionaban con mano de obra esclava en los siglos de la dominación francesa. Es una amalgama en extremo rica y profunda de entender el mundo, de estar en contacto con los muertos, el pasado, y en general con el mundo espiritual. Fue también una práctica religiosa revolucionaria y antiimperialista en los siglos XVIII y XIX que sirvió de motor ideológico para la gran revolución de esclavos que culminó en 1804 con la primera independencia latinoamericana.
Pero lo que ocurre en el cementerio nada tiene que ver con la venida desde el más allá de los loas, ni con los santos oficios de las sacerdotisas mambos y los sacerdotes hungan que dirigen los rituales del vudú. Son haitianos de carne y hueso pasando la noche: niños mendigos del otro lado de la frontera que se refugian de la policía migratoria, haitianos que a medio camino se enredaron en la telaraña del crack y ya no pudieron avanzar hacia la capital, y algunos ancianos que creyeron que esos nichos servían de mejor cobijo para los vivos que para los muertos. Las supuestas hogueras satánicas no son otra cosa que fuegos para cocinar con leña, según Virgil, mi avezado guía de la ciudad de Dajabón. Esta noche vemos las latas que fueron ollas y los envases de refresco. Algunas sombras escurridizas nos miran con recelo desde la protección de las tumbas mientras nos vamos del cementerio. Es mejor seguir el recorrido y dejar que los vivos descansen en paz.
Le pido a Virgil que me lleve donde se concentra la población haitiana y a las 11 de la noche llegamos a los callejones cerca del centro de Dajabón. Ahí están las cuarterías, lugares donde en un solo cuarto se apiñan cuatro familias haitianas, unas 15 personas, o hasta más. Varias mujeres cocinan en la calle con fogones de leña. Los grupos de hombres jóvenes empinan botellas de licor de caña y el olor a marihuana flota silvestre por el barrio. Virgil me señala una esquina donde hay unas niñas de entre 10 y 15 años que al vernos se apresuran a subirse las camisas y levantarse las faldas para mostrar sus cuerpos de niñas.
“Acá las niñas se prostituyen, lo hacen por cualquier cosa, por una botella de Coca Cola, por un paquete de cigarros, por comida y hasta por una bolsita de droga”, me dice Virgil mientras conduce su carro (habla de productos que cuestan unos 3.50 dólares). Aunque una menor de edad, según los tratados internacionales, no puede prostituirse. Para eso debe tener agencia y libertad de decisión.
Lo que hay en Dajabón es abuso sexual. Las redes de trata de menores donde se pagan miles de dólares y están llevadas por altos capos de la mafia, esos lugares de fantasía en donde presentan niñas y niños por catálogos para pedófilos millonarios, están lejos de la Frontera Masacre. Dos organizaciones de Santo Domingo, la capital dominicana, encargadas de atender a víctimas de trata, me dijeron lo mismo que me dice Virgil esta noche. “Acá no es así, acá es en todos lados”. Las niñas son víctimas de trata sin tratantes. Quizá es la ciudad misma y sus dinámicas lo que las empujan a pararse en aquellas esquinas, y sin duda son algunos dajabonenses quienes abusan de ellas a cambio de una coca cola o una porción de crack.
Virgil me lleva a su oficina, a un costado del parque central, saca una silla a la calle y me dice: “Acá siéntate, anota en esa libreta tuya cada una de las chiquitas que se te ofrezcan, solo anota a las niñas, y ya tú verás”. Me deja ahí y se mete a arreglar unos asuntos pendientes. En menos de una hora, sin contar mujeres y hombres, anoto seis.
“¿Listo, ya tú te diste cuenta?”, me dice antes de seguir nuestro recorrido nocturno.
Virgil me lleva al hospital público de la ciudad de Dajabón, me dice que ahí veremos a las “parturientas”. Este tema se ha vuelto uno de los más espinosos en la sociedad dominicana. Se trata de la llegada masiva de haitianas en las últimas semanas o días de embarazo. Casi 5,500 haitianas dieron a luz en República Dominicana solo en los dos primeros meses de 2024. Llegan buscando hospitales ya que en su país se ha vuelto prácticamente imposible conseguir asistencia especializada.
—¿Cómo sabes que habrá parturientas hoy? —le pregunto a mi guía.
—Porque siempre hay —me responde.
Tres mujeres haitianas están en el hospital. Virgil me dice que generalmente hay entre 10 y 20. En los primeros dos meses de este año, según datos oficiales, unas 5,400 haitianas dieron a luz en Républica Dominicana. Las mujeres nos miran con recelo, una cubre el rostro de su bebé, no quiere que yo lo vea. Tiene apenas horas de nacido y se acuna en los brazos gruesos de su madre. La segunda dará a luz dentro de poco, y nos mira con la desconfianza natural de quien alumbrará vida en terreno hostil. La tercera languidece en una camilla muy delgada. Mi guía me explica, sin ningún pudor, que su bebé ha muerto esta tarde dentro de ella, y que le harán legrado. Eso le dijeron a él dos enfermeras con quienes intercambia bromas y coqueteos pasados de tono.
La mujer está muy delgada y los catéteres se prenden apenas de sus venas hinchadas. Mi guía mira a las haitianas con una mezcla de lástima y desprecio y me dice: “Son como animalitos, ¿verdad?”.
Le pregunto a la mujer su nombre, pero apenas me mira y sigue en su letargo. Los huesos se le marcan y su panza dejó de moverse hoy por la tarde. Para ella, todo el esfuerzo de cruzar una frontera cada vez más peligrosa, con más obstáculos, con más militares, para darle a su bebé un recibimiento más digno, no valió de nada. Regresará deportada, sin hijo y sin dinero a Haití.
Virgil intercambia otra batería de frases calientes con las dos enfermeras que escuchan bachatas en una radio pequeña y seguimos nuestra ruta.
Llegamos a un cruce desde donde vemos una calle bulliciosa llamada Capotillo en honor a uno de los lugares más icónicos de la narrativa independentista dominicana. Decenas de hombres jóvenes aceleran y hacen arriesgadas piruetas en sus motos. Virgil detiene el carro. Me dice que esos hombres que ahora paran la moto en una llanta son los traficantes de la ciudad. Son ellos quienes llevan a los haitianos hasta puntos menos vigilados. Me dice que montan hasta cinco personas en sus motos modificadas y aceleran por carreteras oscuras. Según Virgil es frecuente, demasiado frecuente, que la gente se caiga de esas motos y queden lastimados y perdidos por el camino. Otros los llevan hacinados en camionetas, y la prensa local dominicana está plagada de noticias donde haitianos mueren por asfixia cuando los traficantes les abandonan en las cercanías de Dajabón.
Virgil me dice que de momento deberé conformarme con ver la calle Capotillo desde el cruce. No vamos a entrar, no es seguro, es terreno de la mafia
Un pueblo de traficantes
En Dajabón circula mucho dinero. No solo los miles de dólares que entran todas las semanas en los bolsillos de los haitianos que vienen al mercado binacional. La ciudad está al lado de uno de los parques industriales más grandes de la isla, CODEVI (Compagnie de Développement Industriel), que aglutina a más de 15 maquilas donde llegan a trabajar cada día 19,000 operadores, aproximadamente, según sus propios dueños. Este parque, si bien tiene sus oficinas administrativas, sus gerencias y hasta un hotel de lujo para las visitas de los empresarios del lado dominicano, tiene las naves industriales del lado haitiano. Esto les permite a los dueños pagar en gourdes, la moneda oficial de Haití, y según estándares haitianos: lo equivalente a unos 160 dólares al mes. Con sus evidentes prácticas de explotación, este lugar, junto con el formidable mercado binacional, constituyen los pulmones económicos de Dajabón y de buena parte del norte dominicano. Pero el pueblo tiene además otra entrada de dinero, siempre relacionada a Haití: el tráfico de personas. Por cruzar de manera ilegal a un haitiano, me dirán una decena de traficantes, la tarifa es de 2,000 a 4,000 pesos (entre 33 y 66 dólares). Si es mujer y está embarazada puede subir hasta el doble.
El hombre que me va a guiar por el mundo de los traficantes llegó hasta acá desde otro país. Fue uno de los tantos empresarios que fueron seducidos por las posibilidades infinitas que ofrecía una zona franca de esta envergadura. De la misma forma que miles de extranjeros llegaron a estas tierras hace 300 años, espejeados por las riquezas de las plantaciones de caña y el tráfico de esclavos, este hombre vino acá buscando fortuna, y la encontró en las maquilas, las nuevas plantaciones. Pero las islas del Caribe no tardan en hacer su magia sobre los nuevos, y el bochorno del clima y la dureza de las condiciones acaban por intoxicar.
Este nuevo guía me conduce por los entresijos del lujo de Dajabón, y me explica cómo funciona esta extraña élite, varada en esta frontera olvidada por el glamour. Me conduce a uno de los pocos restaurantes que frecuenta la clase alta, casi todos vinculados de alguna forma a la zona franca y sus maquilas. Se llama Café Beller en honor a una batalla en un cerro de Dajabón donde soldados dominicanos masacraron a soldados haitianos en 1845. Es uno de los escasos lugares de Dajabón en donde no te atormentan con el martilleo constante del reguetón y la bachata. Acá suena de fondo una bossa nova, o alguna balada tropical, a un volumen que permite pensar y hasta conversar. Los meseros van vestidos de traje y usan corbatín. En las mesas se sirven vinos desde 50 dólares y mariscos de buen calado. A este guía le llamaremos Ingeniero, al menos durante un rato. Decir más sobre él sería dejarlo expuesto, y ese no fue nuestro trato.
Ingeniero es un experto en el manejo empresarial, ha estado a cargo de diversas empresas a lo largo de su carrera y se codea con los dueños multimillonarios del parque industrial, con el alcalde y otros notables de la zona. Es además un experto en las relaciones sociales. Lo conocí en febrero del 2024, cuando llegué a Dajabón tratando de entender la crisis fronteriza.
Ingeniero me muestra los dos o tres bares más exclusivos de la ciudad, me lleva a su casa y me presenta con “la gente importante” del pueblo, siempre, por supuesto, anteponiendo el cargo o la profesión que ostentan. Estos encuentros tienen su propia lógica: se establece que al presentármelos debe decir un cumplido del tipo: “Te presento a mi gran amigo, Fernández, quien además de ser un gran arquitecto es una gran persona”. El agasajado responde con una zalamería de igual catadura.
Pero Ingeniero tiene un secreto. Cuando cierra el Café Beller y los portentos se van a sus mansiones a los márgenes del pueblo, Ingeniero se transforma. Como en los ritos de vudú, es poseído por otra personalidad. “¿De verdad quieres entender cómo funciona esta frontera?”, me pregunta ya algo transformado por las cervezas y otras sustancias. “Me vas a acompañar, Juan, pero cuidado con lo que preguntes por acá”. Y sentencia: “Vamos a bajar al infierno”.
En la cultura haitiana hay una figura que despierta particular devoción entre los practicantes del vudú. Es un loa, o deidad, que traspasa los dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. Es el portero, el llavero, el que va y viene. Cuando viene al mundo de los vivos entra por los cementerios, y se cree que posee a la primera persona enterrada en cada campo santo. Es un dios burlón, lujurioso y grosero. Se le representa siempre con un sombrero de copa, un cigarro y un vaso de licor en la mano. En función de salvaguardar su identidad, a esta otra faceta del Ingeniero le llamaremos como ese dios dadivoso del placer y la lujuria, Barón Samedí.
Nos enrumbamos caminando hacia la calle Capotillo, el epicentro de los peores lupanares de Dajabón. Al cruzar una esquina un grupo de muchachos pone las botellas en el suelo y corren a nuestro encuentro, bueno, al suyo. A mí me ignoran. Le besan las manos y le llaman papa, líder o Barón. Caminan a su costado y le encienden un cigarro, uno le sirve cerveza en un vaso plástico que Barón Samedí toma con un gesto de monarca, sin verle a los ojos. Les da unas palmadas en la cabeza, reparte un par de billetes y les despide con un gesto de mano. Seguimos caminando. Nos paseamos por el parque donde algunas niñas haitianas ofrecen sus pequeños cuerpos a cambio de plata o droga, y algunos mendigos languidecen. Pareciera como si la sola presencia del Barón Samedí les despertara. Me muestra el parque como si fuera suyo. Suelta bocanadas de humo mientras bebe su cerveza a tragos tranquilos. Reparte algunos billetes entre las niñas y seguimos nuestra marcha hacia los verdaderos interiores de Dajabón, o del infierno, como lo llama él.
Orejas de haitiano
El nombre del río que corta la isla en dos países surgió como algo meramente descriptivo de lo que en sus alrededores acontecía. Originalmente se llamó Guatapaná, así le nombraron los taínos, los últimos habitantes de esta isla antes de las invasiones europeas. Pero de ese nombre, y de los taínos mismos, casi no queda nada por acá. La cultura popular actual insiste en que el río Dajabón se convirtió en el Masacre a final de los años treinta del siglo pasado, cuando el dictador Leónidas Trujillo, “El gran benefactor”, ordenó a sus tropas el exterminio y masacre de la población haitiana de las zonas fronterizas. Pero no es cierto. El río debe su nombre a conflictos de otras dos naciones a finales del siglo XVII, cuando esta isla era peleada por franceses y españoles. Las razias entre estos europeos fueron tan violentas y sangrientas que los franceses comenzaron a llamar al río como massacre, y así quedó consignado en los primeros mapas homologados de 1776. Parece que el destino de este río es ser testigo del odio entre dos pueblos.
A mediados de marzo de 2024 hay movimiento en el Masacre y sobre el paso fronterizo. Esta mañana una mujer cayó del puente. Géant golpeó muy fuerte, las chicharras eléctricas cantaron muy alto su música crispada, y una estampida humana la aprisionó contra la barda, exprimiéndola. La mujer salió expelida por entre los tubos horizontales y tuvo la mala fortuna de caer en la ribera y no sobre el agua. Luego de volar 15 metros la recibieron la arena y las rocas.
Es mi tercera semana en Dajabón y las escenas en este puente se repiten, como ensayadas. Miles de haitianos cruzan dos veces por semana a comprar al mercado binacional y regresan por la tarde cargados de cosas. El paso de tanta gente, por un puente tan estrecho, en tan poco tiempo, trae consigo problemas previsibles: uno de estos son las estampidas. La gente se desespera y quiere saltarse la fila viendo la frontera tan al alcance, Géant les da con su palo, el tumulto pasa de forma involuntaria la frontera, y ahí los hombres del Capitán Bueno les hacen retroceder nuevamente con sus bates y sus cigarras eléctricas. Esto genera una dinámica que poco favorece a las mujeres embarazadas, a los niños o a los ancianos. La mujer que cayó hoy por la mañana habrá tenido más de cincuenta años. Quedó del lado haitiano del río, así que otros compatriotas suyos la tomaron y se la llevaron.
Pregunto por ella a Camilo Nohal, un agente migratorio que permanece en el puente, pero su respuesta no me arroja muchas luces.
“Dicen que se rompió la espalda. Es que se avientan sin orden, como si fueran animales”, me dice Camilo, mientras come una mandarina que ha agarrado sin permiso del canasto de una haitiana.
Camilo está acá para detectar alguna anomalía y puede pedir papeles y revisar a las personas y las cosas que portan de regreso a Haití. Pero a las cuatro de la tarde cuando un río humano regresa a su país por el puente del río Masacre, Camilo escoge para revisar casi exclusivamente a muchachas esbeltas de labios carnosos y piernas largas. Me ubico al lado de Camilo, como él, de espaldas al río y de frente a las personas, de tal forma que miles de haitianos pasan a pocos centímetros de nuestras caras. El agente me habla, es amable, está interesado en explicarme cosas de su trabajo. Cada cierto tiempo detiene a una muchacha, y la toca, y le habla muy cerca de la cara. Si ella sonríe y se deja hacer, le permite pasar sin problema. Si ella se encoge de brazos y baja la mirada, le hace más preguntas. Si alguna osa mirarlo de forma desafiante, con el asco que seguro genera a todas por igual, Camilo la obliga a dejar sus compras en el suelo, las revisa y desordena con un palo, le pide documentos que casi nunca tiene y le arruina la tarde por un largo rato. Mientras hostiga a una jovencita le tomo un video, pero no lo amedrenta, me guiña un ojo como si fuera un casanova en acción.
Le saco conversación y hasta entonces deja en paz a la muchacha.
—¿Camilo, cómo diferencian ustedes a los negros dominicanos de los negros haitianos? —le pregunto.
—Es fácil, es por las orejas —me responde.
Acto seguido agarra las orejas de un hombre que pasa frente a nosotros.
—“¿Ves?, son orejitas pequeñas las del haitiano. Aunque sea grande el haitiano las orejitas son pequeñas —me explica con tono didáctico.
El hombre, de unos 40 años, nos mira desde el fondo de su humillación. Pareciera como si quisiera tirarlo del puente y entregárselo al Masacre.
—También por la nariz —añade Camilo.
Por un momento me horroriza la idea de que fuera a tomar a alguien por la nariz para mostrarme esas diferencias imaginarias. Pero sólo apunta su dedo a centímetros de la cara de una haitiana.
—¿Ves?, son más chatos. Además está el pelo, ellos se peinan de una forma diferente y luego, mi hermano, por el olor —me dice y hace el ademán de taparse la nariz.
Los haitianos nos ignoran, pero nos escuchan. Casi todos en esta zona entienden español. A Camilo está lejos de importarle y concluye su lección con la que para él es la mayor diferencia. Me dice que ellos, los haitianos, por su cultura son cochinos y se comportan como animales.
La calle de los sueños rotos
Caminamos con Baron Samedí pasando por callejones y esquinas malolientes. Los grupos de muchachos le saludan con el mismo respeto y zalamería que los notables del pueblo. Estos halagos suenan menos falsos.
Llegamos, luego de una media hora de andar por la ciudad, a la calle Capotillo, la calle donde no quiso entrar Virgil. Como el otro día, decenas de muchachos hacen piruetas en sus motos y debemos tener cuidado de no ser embestidos por ellos. Llegamos a una casa de la que sale una música estridente. Dos sofás rotos y tostados por la lluvia y el sol reciben a los visitantes frente a la fachada. Ahí se concentran al menos unos 15 muchachos con sus motos. Baron Samedí me explica que todos ellos son poteas, o cargahaitianos, traficantes de personas pues.
Entramos a la casa. Sentada en un sofá igual de lamentable que los de la calle, nos recibe con un gesto teatral la reina del barrio bajo de Dajabón. Le llamaremos Bridgitte. Le da besos a Baron Samedí y me saluda con curiosidad. Es la dueña del bar, si es que se le puede llamar así a esta casa mal parada. Nos ofrece cerveza y hace levantar de sus asientos a dos traficantes que fuman un enorme cigarro de hierba. Bridgitte nació hombre en una localidad cercana a Dajabón y llegó a acá hace dos décadas sin dinero, casi como mendiga. Ahora nadie en su sano juicio, o con algún instinto de conservación, se le ocurriría cuestionar su identidad, gastarle alguna broma, o faltarle el respeto. Pero eso es ahora, el pasado es otra cosa.
Del fondo de la casa van saliendo más personas, un grupo de haitianos nos ven desde sus rincones sin atreverse a hablarnos. Son recién llegados, hace apenas un día que salieron de Haití y el dinero les alcanzó solo para pasar la frontera. Bridgitte los protege y los alimenta en lo que consiguen algo de dinero para pagar a un traficante que los lleve más lejos. Varias mujeres salen de los cuartos y dos haitianas muy guapas llegan en moto. Baron Samedí las recibe con un beso en la boca y una nalgada.
—Estos son los mejores culos que yo me he cogido por acá —me dice.
—Pero dile que soy la que mejor te ha complacido —le responde una de ellas.
Ríen todos de buena gana.
Las trabajadoras sexuales van llegado apresuradas, la noticia de la llegada de Barón Samedí se ha propagado como incendio en maleza. Llegan también los adictos, para quienes él siempre tiene alguna moneda. Bridgitte los espanta con la mirada cuando se aglutinan más de tres en la puerta de su bar/casa “Ushh, moscas”, se queja.
Un hombre pequeño y sin algunos dientes me saluda y Bridgitte le ordena que me cuente cómo es que él trafica haitianos por esta frontera. El hombre obedece. Me cuenta que justo hoy por la mañana salió de las celdas de la estación de policía. Pasó tres noches encerrado por amenazar a un hombre con un machete. Le dicen Chikito, y fue por muchos años la pareja de Bridgitte. Juntos llegaron hasta acá y juntos fundaron el negocio. Ahora, con el bar en pleno auge, ella lo cambió por un mulato joven y guapo, pero Chikito no se conforma y cada noche viene a tomar cerveza, esperanzado en recuperar a la mujer que amó por más de diez años.
Los traficantes hacen un revuelo a nuestro alrededor y están muy contentos de mostrar sus cuchillos y de contarme cómo logran subir hasta cinco haitianos en una sola moto para llevarlos tierra adentro. Hablan de los haitianos como quien habla de mercadería. Nadie puede decir que los mercaderes odian a su mercadería, pero de ninguna forma la consideran iguales a ellos. Me cuentan historias trágicas, me explican que es muy común que los haitianos se caigan de las motos cuando pasan el muro y ellos los recogen. Uno de ellos me cuenta que en una ocasión, a principios del 2023, a una haitiana se le cayó un niño, de unos tres años, y que ellos siguieron. “La haitiana ni lloraba ni se tiró de la moto. Yo digo que son como bestias. Y ni siquiera, porque incluso una perra vira (vuelve) por sus hijos”, me dice. Otro traficante me muestra la maniobra que todos los cargahaitianos deben saber. Consiste en girar muy fuerte el timón mientras se frena, con la moto levemente inclinada. De esta forma pueden botar a todos los haitianos que lleven en la moto en caso de que la policía fronteriza te persiga. Les pregunto si alguna vez la han hecho. Se ríen. Todos asienten con la cabeza.
Pregunto por el baño y Bridgitte ordena a uno de ellos que me lleve. El hombre abre el cuarto de Bridgitte y saca a dos hombres mayores que fuman crack sentados en la cama. Luego me señala una cubeta plástica y me dice que ese es el baño del bar, el VIP, el de los invitados de la señora. Al salir, Baron Samedí ya se está besando con una mujer en claro estado de ebriedad, y una haitiana habla sola frente a un espejo con los ojos desorbitados por el crack. “Yo le calculo que ese hombre se ha comido fácil, fácil, unas 200 mujeres en los cuatro años que tiene acá, si no es que más”, dice Bridgitte ante mi asombro por verlo cambiar de pareja e irse a un rincón con una nueva mujer, una haitiana que llegó advertida por la presencia de tan dadivoso personaje.
Frente a la casa, los cargahaitianos comienzan a calentar motores. Esta noche moverán sobre sus motos a un grupo de más de 50 haitianos que están escondidos en una casucha como esta, a dos cuadras de distancia. Los llevarán a toda velocidad hasta un lugar llamado Las Matas y de ahí ellos deberán buscarse la vida hasta llegar a alguna de las grandes ciudades de República Dominicana. Es un trabajo peligroso, pueden accidentarse o pueden ser capturados por la policía. Antes de partir, esnifan pequeños cerros de cocaína y dan tragos largos a la cerveza para agarrar valor. Los primeros se suben a sus motos y aceleran a toda velocidad por la calle Capotillo, hacen piruetas en una sola rueda o se paran sobre el asiento a gran velocidad. En una hora, ya cercano el amanecer, pasarán por acá nuevamente, cargados de haitianos.
Una jaula para haitianos
Una jaula con ruedas se acerca a la frontera en el puente fronterizo. Se trata de un camión del departamento de migración dominicano que viene lleno de haitianos. Más de los que deberían caber en esa jaula, y esto en el supuesto de que la gente deba ser metida en jaulas. El camión se da vuelta y pone marcha atrás, se acerca despacio a los portones fronterizos, a través de las rejas se pueden ver las caras de algunos de los 93 haitianos que viajan hacinados, entre hombres, mujeres y niños. Son caras serias. Esta mañana de febrero de 2024 están siendo deportados.
Una delegada de Naciones Unidas anota en su mano la cantidad de personas en cada camión, anota cuántas de cada sexo y cuántas menores de edad. Ella me explica que estas personas fueron capturadas en su mayoría mientras ingresaban ilegalmente en esta zona fronteriza, algunas fueron bajadas de los buses o sacadas de las casas de seguridad de los traficantes, pero otras fueron apresadas en la ciudad de Santiago o incluso en Santo Domingo, la capital dominicana. La policía hace redadas en barrios pobres o en plantaciones de caña. La delegada de la ONU no es clara en el número diario de deportados, pero dice que son diez camiones como este los que vienen diariamente, y eso solo en esta frontera.
Dos militares hacen espacio con sus palos y un agente migratorio abre el candado. Bajan revueltos, sin orden. Nadie les toma nombres o les pide una firma. Nada: abrir las puertas y cruzar la frontera. De último baja Kenson. Su ropa desentona con la de los demás, es ropa nueva, y su piel, aunque ébano como la de los demás, está más viva, no tiene el tono pálido de la desnutrición y el sol aún no ha hecho sus estragos. Está asustado. Un grupo de tres mujeres le grita al verlo: “¡Ahí quédate, no te muevas, no se mueva mi niño!”, pero un militar lo agarra por el cogote y lo lanza de un empujón hacia Haití. Los portones se cierran. Las mujeres lloran.
Dos de ellas son blancas y rondarán los 50 años. Les pregunto y me dicen que la madre de ese muchacho llegó a su casa hace muchos años como trabajadora doméstica y ahí tuvo a sus gemelos hace 14 años. Esa mujer ahora está en el hospital de Santiago de los Caballeros, ahí fue capturado el adolescente. Kenson, a pesar de haber nacido en República Dominicana, será siempre haitiano, aunque nunca haya estado en ese país y no tenga papeles de ahí. República Dominicana no da papeles ni nacionalidad a los haitianos nacidos en su territorio, y Haití ahora mismo no está en condiciones de dar papeles a nadie.
El muchacho corre a la reja fronteriza y mira a las mujeres sin decir nada, avergonzado. “Este niño por andar en la calle se lo llevaron, ni habla haitiano (creole) él”, me dice una de ellas, ya con el llanto en la cara. Del lado haitiano una multitud de hombres jóvenes le rodea y las mujeres ahogan un grito de horror. Ahora está en territorio de nadie. Un hombre se les acerca a las mujeres y les propone ayudarles a cruzar al muchacho de nuevo hacia Dominicana. Es uno de los juntadores, trabajan de reunir gente para los cargahaitianos y por esto les dan una pequeña comisión. Seguro ha visto una oportunidad apetitosa en Kenson y su familia desesperada. Las mujeres corren con el juntador hacia el pueblo y le gritan a Kenson que no se mueva de los portones. Me trepo a las rejas y hablo con él. El terror le ha comido las palabras. Le digo que no se mueva, que seguro esas mujeres conseguirán sacarle de ahí, pero Kenson se pierde, indocumentado, en la marea humana que se arremolina en la frontera de sus dos países.
Cómo matar un corazón
Los cargahaitianos se sientan en los sofás rotos que Bridgitte saca frente a su bar y beben cerveza Presidente mientras esperan que la noche se vuelva más oscura. Esta vez llego solo hasta acá. Baron Samedí no ha poseído a Ingeniero esta noche. En la casa/bar la dinámica con los haitianos se va esclareciendo. Los traficantes les cobran para llevarlos hasta el pueblo, si no tienen dónde quedarse en lo que esperan un segundo transporte los llevan donde Bridgitte. Ella les da cobijo, protección y un plato de arroz con habichuelas. No les cobra, me consta, pero tampoco hace alarde de ello. Lo hace como por inercia. Quizá el haber sido maltratada y humillada toda su vida la ha hecho encontrar en esta gente un punto de empatía. No lo sé, es para mí una rareza y un misterio.
Bridgitte está emocionada, me ha invitado a venir porque esta noche es especial. Balazo, su nuevo novio, por el que cambió al desdentado Chikito, cantará en uno de los bares del centro de la ciudad. El muchacho insiste en ser artista e incluso ha grabado algunas canciones de su autoría con video incluido que se pueden encontrar en Youtube. Canta muy bien, y Bridgitte ha invertido mucho dinero y tiempo en esa carrera. Ambos esperan que sus canciones lleguen al oído de la gente correcta y que la vida les cambie de dirección. Ella luce sus mejores galas, va vestida de pantalón de cuero y camisa azul con espejuelos. Va muy bien maquillada y se ha hecho en el pelo un moño alto. Balazo ha ensayado por la tarde y se ha colgado al cuello un par de cadenas gruesas que simulan oro.
“Esta noche yo invito, Juan. No va a gastar nada”, me dice Bridgitte.
Nos reunimos un grupo en apoyo a nuestra estrella, el representante de la calle Capotillo. Caminamos juntos y Balazo entra al bar como una celebridad. Bridgitte y los demás tomamos una mesa con vista privilegiada. La sociedad dominicana es una sociedad homófoba hasta el tuétano y la presencia de Bridgitte activa algunas malas caras y uno que otro susurro, pero ninguno se atreve a decirlo en voz alta, el instinto de supervivencia es más fuerte que su matonería. Somos cinco en la mesa, los otros cuatro son traficantes de droga y de haitianos de mediana envergadura, conocidos y temidos en la ciudad. Bridgitte nos ha invitado a todos y pide una botella del mejor ron para escuchar el canto de su ruiseñor. Ella no consume cocaína, pero ha garantizado que a su hombre y a sus invitados no les falte nada. Se le acuna el amor en la mirada. Pero el corazón es cosa con gran vocación de romperse, o de ser roto.
Balazo comienza a cantar baladas, con su voz estable, con su pose de conquistador. Se acerca a las mesas donde beben cerveza un grupo de mujeres jóvenes, agarra la mano de alguna y fabrica todo un performance interactivo con la bartender. Le da la espalda a nuestra mesa, y sus canciones se enfilan hacia otra gente, no hacia Bridgitte, que se va poniendo gris. Sus ojos felinos se llenan de vergüenza y ya no mira hacia su hombre, quizá ya no le pertenece, quizá nunca lo hizo. Me mira con vergüenza, y yo respondo llenándole una y otra vez el vaso con ron. Esa botella era para celebrar, pero el ron es camaleónico: igual jode, igual cura. “Ey no, tú no te creas, mi hermano, a mí me gustan las mujeres, las mujeres de verdad, estoy con la maricona porque… porque toca”, me había dicho Balazo una noche anterior.
Quizá debí advertirle a Bridgitte que tenía una víbora en casa, y que si no se andaba con cuidado la mordería. Pero no vine acá para matar ilusiones. La vida, y Balazo, se encargaron ya de eso. Me voy, no quiero ver cómo termina de morir un corazón. Antes de irme le pregunto algo que tenía atravesado desde hace días.
—Bridgitte, ¿por qué sos buena con los haitianos, porque les ayudás?
Levanta la mirada, que había hundido en el ron, y me responde con el tono de quien apunta algo evidente.
—Porque son personas.
Capítulo 2. Denisse y los cazadores de tarántulas
En la frontera dominicana los civiles se arman y se cubren el rostro para cazar haitianos. En Santo Domingo, la capital, un movimiento ultranacionalista amenaza con matar a sus vecinos. El racismo crece con éxito en el país. En el proceso suceden también otras cosas terribles, como las que le ocurrieron a Denisse.
Cacería
Son 15 hombres con 15 motos, bates de béisbol, bastones metálicos, alguna cuchilla, pistolas eléctricas, gas pimienta, un revólver calibre 38 especial y una escopeta calibre 12 buck shot. Van vestidos de negro con camisas tipo polo, la bandera dominicana cosida en un costado y el nombre del grupo en la espalda: “Los Trinitarios”.
Algunos llevan el rostro cubierto con pasamontañas. Entre estos hombres reunidos en Manzanillo, en el lado dominicano de la Frontera Masacre, hay varios notables del pueblo. Está el periodista, un señor blanco y delgado, el único sin uniforme, el psicólogo de la escuela secundaria, algunos empresarios, y Ñaño, un policía municipal. El resto son jóvenes entre los 20 y los 27 años. Todos ellos están bajo el mando de Joaquín Talavera, un capitán de la guardia forestal. Su misión es capturar al mayor número de haitianos y entregarlos al destacamento policial para que sean deportados esta misma semana. Lo que ocurrirá esta noche es, en esencia, una cacería.
“¡Hoy vamos con todo! ¡Todo haitiano que no tenga papeles, va pa afuera!”, se arengan antes de empezar lo que ellos llaman redada.
Las motos arrancan y, con las últimas pinceladas de luz, los trinitarios rodean el primer barrio de haitianos. Diez de ellos se esparcen por los callejones y apresan a tres muchachos. Los agarran de la camisa y les amenazan con el bate.
—¿Ustedes eran los que estaban peleando antenoche? —les pregunta un trinitario con tono amenazante.
—No, nosotros no, no somos de lío, somos trabajadores —responde con un fuerte acento francófono uno de los tres chicos mientras mira al suelo.
Y los trinitarios siguen corriendo por los callejones.
Dos de ellos llegan hasta una chabola de madera donde una familia de haitianos toma el fresco de la tarde. Agarran a un adolescente que juega en su teléfono. La familia protesta, bajito. Dos niños de unos tres años ven la escena con sus ojos grandotes y mueven sus cabezas, coronadas por rizos, de un lado a otros sin entender nada. Lloran. Los trinitarios llevan al muchacho a una de las motos donde le amarran las manos junto a otro haitiano. Son las primeras presas de la noche.
Ñaño, el policía municipal, se ha metido en una casa abriendo la puerta de una patada y revisa los cuartos. Es un hombre negro y muy robusto, lleva unas dredlock cortas y el rostro cubierto. Es él quien coordina la redada/cacería de esta noche y es él quien carga el revólver 38.
“Hay haitianos que ya conocemos, y sabemos que vienen a trabajar y son viejos de estar acá, pero todos los nuevos se van hoy”, me dice Ñaño, orgulloso, pistola en mano, mientras se prepara para entrar en otra casa donde exige los documentos de un joven y alumbra con lámpara el interior. Una maraña de niños se escabulle de la luz.
“¡Nos vamo pa los barracones!”, grita el Capitán Talavera, y avisa por radio a sus compañeros. El grupo sale victorioso de esta primera parada con cuatro capturas. Me acomodan en la parte de atrás de la moto del psicólogo y avanzamos a gran velocidad por las calles de tierra y los callejones de la parte haitiana de la ciudad.
Los barracones son un conjunto de casas prefabricadas de madera que dejó una empresa bananera donde ahora se acomodan malamente cientos de familias haitianas. Los trinitarios hacen el mismo procedimiento: bajarse de las motos, correr, abrir puertas, dar patadas y abducir a muchachos jóvenes. En uno de los barracones hay cuatro hombres, Ñaño y otros trinitarios apresan a uno. El criterio sobre a quien raptan y a quien no es confuso para mí, según Ñaño es “haitiano nuevo”, y debe ser deportado. Los trinitarios llevan a su presa tomado por la camisa y no se fijan que quien parece su hermano les sigue a menos de un metro con un martillo en la mano. Lleva una camisa de Bob Marley, aprieta fuerte el martillo, pero antes de hacer su movimiento alguien, una voz de mujer, le llama y le detiene, lo mete a una casa y le alarga un teléfono. Quizá sea más importante correr la voz a los demás compatriotas que desbaratarle la cabeza a uno de los matones.
Las motos ya están llenas. Son siete muchachos los que han capturado. Nos dirigimos al cuartel de la policía. Ahí los trinitarios botan de sus motos al grupo de haitianos que es inmediatamente rodeado por los agentes. Uno del grupo, quizá el que mejor domina el español, quiere hablar, hacerse oír, pero uno de los policías lo interrumpe: “Tranquilo, que los que vienen bravos yo los pongo bajitos”. A otro le golpean las costillas para quitarle la cartera y el teléfono. No dice nada, pero hay fuego y machetes en su mirada. El jefe policial me dice que deje de grabar y me ordena bajar el teléfono. El psicólogo, mi chofer designado, me dice que ahora que nos vayamos los policías les darán “lo suyo”.
“¡Trinitarios, seguimos!”, ruge con tono militar el capitán Talavera.
Todos corren a sus motos para seguir la cacería. Pero a estas alturas, en los barrios de haitianos los hombres jóvenes se han escondido. Solo los reciben mujeres y niños macilentos y llorones.
“Estos ya se corrieron la voz que acá andamos los trinitarios”, dice el Capitán Talavera, con algo de orgullo en la voz.
Enfilamos hacia el barrio Manhattan, dicen que ahí quizá no ha llegado el pitazo de su presencia. Los trinitarios se cuelan por las casas hasta llegar a un solar. Una mujer con dos niños los mira, aterrorizada, y sus niños comienzan a llorar. El psicólogo saca de su casa a un hombre joven, quiere llevarlo hacia las motos pero detrás del hombre va su vecino, dominicano, y se prende de él, y no lo suelta.
—¡Suéltalo coño! —le grita un trinitario
—¡No, no puedo! —responde el hombre gritando.
El haitiano ve a su vecino con el terror en los ojos, como miraría alguien a punto de hundirse en el mar a una tabla.
—Oye, oye, suéltalo, vamos —dice el psicólogo con un tono de voz lento y tranquilo, y poniendo su mano sobre el brazo del vecino.
—No, no, no, no lo voy soltar, no puedo —le responde el vecino mientras sus hijos observan la escena desde el dintel de su chabola.
El vecino suelta al haitiano y me dice que deje de grabar. Apago la cámara y guardo el teléfono lo más rápido que puedo. Entonces vuelve a sujetar al haitiano.
Ganó. No dejó que esos hombres raptaran a su vecino.
Mataperros
La primera independencia de América Latina ocurrió en la parte francesa de la Española, cuando los esclavos de origen africano se alzaron contra sus captores, impulsados por un odio histórico contra aquellos que los habían convertido en animales. La lógica de los alzamientos de esclavos respetaba, más o menos, un protocolo: envenenar a los perros, y a los capataces de ser posible, incendiar las plantaciones y luego entrar con los machetes y otras herramientas agrícolas convertidas en armas. Luego de derramar mucha sangre, envenenar muchos perros y alzar muchos machetes ganaron y defendieron su revolución derrotando incluso al poderoso ejército napoleónico. En 1804 establecieron la primera república negra de esclavos libertos, y para nombrar su nuevo país eligieron un nombre taíno, la lengua de esos indígenas casi exterminados. Haití significa “montaña” o “lugar de montañas” en esa lengua olvidada.
La parte española de la isla, luego de un periodo conocido coloquialmente como “la España boba” (1813- 1821) también logró su independencia. Pero fue efímera. Esta parte de la isla palidecía contra el esplendor económico de la otra. No tenía un ejército en forma ni había conseguido la unidad identitaria que sus vecinos libertos habían cultivado durante casi 200 años de luchas. Apenas un año después de esa independencia, en 1822, el presidente/dictador haitiano Janpierre Boyer decidió invadir. Las fuerzas militares haitianas, conformadas por exesclavos y por mulatos, querían unificar la isla en una sola nación. América entera era un hervidero de conflictos. Se había terminado la larga era de los reyes y ahora los descendientes de aquellos europeos aventureros y conquistadores querían el continente para sí. Aquella invasión no fue algo especialmente violento, ni hubo luchas de resistencia, eso vino luego.
Casi dos décadas después, un joven isleño de nombre Juan Pablo Duarte, aristócrata, educado en Europa, fundó un grupo secreto, una especie de secta independentista que se reunía a hurtadillas por las noches en las bodegas a discutir sobre esas maravillosas ideas liberales tan de moda en el mundo, y sobre la posibilidad de traerlas a esta isla, que para esos años se llamaba toda Haití. Al grupo, reivindicando la fé católica que se veía amenazada por el protestantismo y el vudú de los invasores haitianos, le bautizó como Los Trinitarios, en honor a la Santísima Trinidad.
Hace un año, este grupo de cazadores encapuchados con los que estoy esta noche se bautizaron, con orgullo, como los Trinitarios Hijos de Manzanillo.
Nos reunimos en el parque central de Manzanillo, en donde hay un busto de metal del gran prócer Juan Pablo Duarte. Luego nos movemos al malecón desde donde los trinitarios, a forma de presentación, me muestran Haití. “Juan, míralo ahí, está ahí cerquita, ahí mismo. Si los haitianos no tienen más que cruzar el río para venir a profanar”, me dice el capitán Joaquín Talavera. Acá el río Masacre conoce el mar. Y aquí Ñaño y Talavera me cuentan el nacimiento de su grupo.
Los trinitarios, dicen, se fundaron luego de que en una sola semana se reportaran 11 robos entre los vecinos de Manzanillo. Para convencerme de la autoría haitiana de los robos hablan de venenos y “magia negra”. “A mí mismo me aplicaron esas cosas”, dice el jefe Talavera para justificar que se metieron tres veces a su casa sin que él se diera cuenta. Lo cierto es que desde mediados de 2022 sí hubo un aumento repentino de robos coincidiendo con la crisis haitiana luego del terremoto, el asesinato del presidente Jovenel Moise y la toma de poder por parte de las bandas criminales. Muchos de los robos fueron de bicicletas, motos, alguna radio o televisión muy cerca de las ventanas, pero sobre todo aquellos ladrones se llevaban comida. Desaparecieron las gallinas, las vacas; abrieron las heladeras en los patios de las casas para llevarse comida congelada y violaron los candados de las alacenas. En términos estrictos, lo que los haitianos hacían eran razias, incursiones en busca de alimento.
Una de las cosas que más consternó al pueblo durante esa crisis fue la repentina mortandad de perros. Una mañana de principios de 2023 Boby, el rottweiler del capitán Talavera, amaneció muerto, con espuma en la boca y sin signos de violencia. Veneno. En Manzanillo la gente había comprado de forma masiva perros de guardia. De una semana a la otra el pueblo se llenó de cachorros de doberman, pastores alemanes, pit bull y rottweilers. Espantaron a los ladrones y los robos cesaron por un tiempo. Pero así como llegaron al pueblo los perros fueron muriendo. Sus cuerpos se encontraban siempre en la mañana, tirados, como dormidos, con el hocico lleno de baba blanca.
“Yo tenía un perro que me mataron, que yo fácil cambiaba a todo Haití por ese perro, que acompañaba a mis niños a la tienda y los esperaba en la calle cuando llegaban de la escuela”, me dijo, con pesar, uno de los trinitarios en una ronda nocturna. Quien encontraba a su perro muerto sabía que pronto sería visitado por ladrones haitianos. Pero a pesar de los candados y las precauciones siempre llegaba la mañana en donde faltaba una moto, una bicicleta, las sillas del porche, costales de arroz o alubias.
Después de la muerte de Bobby y de la crisis de los 11 robos, el jefe Talavera, Ñaño y otros notables del pueblo decidieron organizarse y expulsar a los haitianos. “Expulsamos familias enteras”, presume Ñaño. Me dicen que incluso expulsaron al pastor evangélico haitiano con todo y su familia, niños incluidos. Los trinitarios establecieron toques de queda para los haitianos. Hubo noches, dicen, donde raptaron de sus casas y expulsaron a más de treinta personas.
El entonces alcalde de Pepillo Salcedo, el ayuntamiento al que pertenece Manzanillo, Ignacio Núñez, que gobernó durantes dos periodos de cuatro años, no vio con buenos ojos la creación de un grupo de ciudadanos encapuchados que expulsaban extranjeros y se paseaban en sus motos como salidos de la saga Mad Max. Así que los denunció a finales de 2023.
El Jefe Talavera terminó siendo citado en un juzgado para dar cuenta de sus correrías nocturnas. Buena parte del pueblo fue con él y se plantó afuera del juzgado en apoyo al caudillo. El capitán fue absuelto y aprovechó el podio que tuvo en los tribunales para hacer una arenga independentista. Lo que dijo aquel día, según él mismo cuenta, es que lo que hacían por las noches era una continuidad de la lucha de Juan Pablo Duarte. Para Talavera juzgarlo a él era casi como juzgar al prócer mismo.
“Además, ellos no contaban con que nosotros no solamente somos los Trinitarios Hijos de Manzanillo. A raíz de esa citación nos coordinamos con otros grupos, gente de la capital nos buscaron para darnos apoyo, grupos de todo el país”, dice el capitán claramente orgulloso.
Hace una pausa dramática y continúa: “Para que tú veas Juan, ahora ya nosotros somos incluso parte de la Antigua Orden Dominicana.” Esto último ya lo dice con la pose de un pavo real.
La Antigua Orden Dominicana
El domingo 10 de marzo de 2024 un grupo de unas 45 personas se reúne en una esquina de Santo Domingo, la capital de República Dominicana. Los congregados llevan banderas negras con un logo dorado en el centro, visten botas y ropas oscuras estilo militar. Algunos se cubren el rostro con pasamontañas. Se han dado cita en la boca del metro Juan Bosch, nombrado así en honor a uno de los principales opositores del dictador de mediados del siglo XX, Leónidas Trujillo. El sol se va poniendo bravo, y más personas van llegando, siempre vestidas de negro.
Un hombre de unos 60 años carga un cuadro de Juan Pablo Duarte y se acomoda una pañoleta negra en la cara. Fumamos unos cigarros y me dice que es dueño de una pequeña tienda en Santiago de los Caballeros, una provincia a más de dos horas y media de acá. Me dice también que ha venido porque en redes sociales escuchó el llamado que lanzó la Antigua Orden Dominicana para defender la nación de la “invasión” de haitianos. Se describe a sí mismo como un patriota y cuando le digo que soy periodista me pide que le saque una foto posando con el cuadro del prócer independentista. La conformación del grupo es variada: amas de casa, jubilados, varias decenas de muchachos que parecen estar apenas estrenando la mayoría de edad e incluso algunos niños. Un grupo de policías llega al lugar. Los agentes me dicen que están acá para proteger a los manifestantes y para que todo marche de forma pacífica. Dos fotógrafos contratados para el evento sacan los primeros retratos y las primeras banderas negras empiezan a ondear. La gente que pasa en sus carros los reconoce. Varios hacen sonar sus bocinas y sacan las manos para saludarles. Algunos repartidores en motocicleta gritan y levantan el puño derecho. “¡A la mierda los haitianos!”, grita uno, y los policías le responden con un saludo y risas. Pareciera que más que proteger la marcha son parte de ella.
A la 1 de la tarde aparece Ángelo Vásquez, y la pequeña maraña de personas sufre una especie de excitación colectiva. Lo tocan, lo saludan y se toman fotografías con él. Le acompaña el oficial retirado de la fuerza aérea Ortíz, y un hombre enorme vestido con botas, traje y aliños militares, una mochila y el rostro cubierto. Es el encargado de la seguridad. Ángelo Vásquez es el fundador y máximo líder de este grupo ultranacionalista, y es quien dirigirá la marcha de hoy. Antes de salir posan todos con el cuadro de Juan Pablo Duarte.
—¡No queremos haitianos aquí! —grita Ángelo Vásquez con un megáfono.
—¡Que se vayan a Haití! —responden emocionados los congregados, que no llegarán a cien pero logran armar un buen escándalo.
Repiten esto muchas veces mientras imitan lo mejor que pueden el andar castrense. En la marcha van varios militares de La Fuerza de Tarea Conjunta Ciudad Tranquila (FTC-CIUTRAN) y varios policías, que gritan las consignas y levantan la mano derecha con convicción.
—¡Si no se van…! —grita Ángelo.
—¡Los matamos! —responden todos.
—¡Si no se van…! —repite Ángelo.
—¡Los matamos! —vuelve a contestar el gentío.
Entonces Ángelo se percata de que los estoy grabando. No están habituados a tener un periodista cerca en medio de sus múltiples y reiteradas reuniones y eventos. La mesura no está en el ADN de sus expresiones. Ángelo se voltea y les dice entre dientes: “Ey los sacamos’”, y con esta arenga políticamente corregida la marcha continua.
Ángelo es un hombre grande, moreno, de ojeras marcadas. Se gana la vida criando perros Pit Bull y renta varios automóviles a taxistas. El resto de su tiempo lo utiliza para administrar la Antigua Orden Dominicana que, dice, nació formalmente hace ocho años pero que creó en su mente desde que “tenía uso de razón”. Al principio el movimiento consistía en promulgar arengas por redes sociales, sin embargo, un empresario del que prefiere reservarse el nombre, le dio dinero y con eso Ángelo pudo salir de internet y comenzar a convocar a otras personas preocupadas por la supuesta nueva invasión de los haitianos.
—Ángelo, ¿qué significa Antigua Orden Dominicana, podrías explicarme el sentido de esas tres palabras? —le pregunto.
—Antigua, por nuestros antiguos valores, lo que nosotros fuimos, prácticamente nosotros tenemos 500 años de historia, fuimos los primeros en todo. Orden, porque traeremos orden a la patria, y dominicanos, porque significa guardianes de Dios.
Al menos dos de estas afirmaciones no son ciertas. La República Dominicana tiene poco más de 300 años, si contamos a partir de su emancipación en 1821, y la palabra dominicanos, definitivamente no significa eso. En realidad es una palabra que viene del latín y que se podría traducir como vasallos.
Pero la verdad tiene poco que ver con lo que está ocurriendo este domingo. Las banderas negras ondean en la capital. Los vecinos salen de sus balcones para felicitarlos y los haitianos, vendedores ambulantes en su mayoría, bajan la mirada cuando los manifestantes pasan a su lado. “Yo marcho porque quiero defender a mi país, estamos teniendo una invasión de vientres. Todas esas haitianas parturientas que vienen a parir acá. Nosotras no encontramos cupos en los hospitales ni en las escuelas para nuestros hijos”, dice Carmen, una marchista jubilada y enjuta que ondea una de las banderas. “Ellos nos invadieron y nos liberamos en 1844. En 14 batallas hemos luchado contra los haitianos, ¡14!”, dice. Le pregunto cuál fue la última de esas 14 batallas. “No, eso no sé, yo de historia si no sé mucho”, me responde.
Los marchistas, y casi toda la narrativa ultranacionalista, habla del breve tiempo de dominación haitiana en el siglo antepasado como si recién hubiese terminado ayer. Casi todos tienen presentes a los próceres y las grandes gestas independentistas, pero no sabrían decir cuántos años dominó el dictador Trujillo en República Dominicana (de 1930 a 1961). La mayoría hablan de tal forma que pareciera que, si no se defienden ahora, un ejército de haitianos caerá sobre ellos la otra semana tal como lo hizo en 1822.
La marcha se dirige hacia una escuela porque en redes sociales alguien escribió que en ella les estaban dando partidas de nacimiento a niños de padres haitianos nacidos en dominicana. Por ese rumor marchan ahora. Al llegar a las puertas comienzan a gritar y piden por megáfono que salgan los encargados. Se comienzan a poner violentos y uno de ellos sugiere que si no salen por las buenas le prenderán fuego a la escuela. Un hombrecillo abre una puerta metálica y sale. Los manifestantes gritan y chillan que quemarán el edificio, que los haitianos no les dominarán nunca más. Entonces se produce un momento confuso. El hombre los reconoce, levanta alegremente sus brazos, y se une a sus gritos y arengas contra los haitianos.
“¡No queremos haitianos aquí!”, dice a grito pelado el hombrecillo.
Ángelo se acerca al excitado señor, habla con él un rato, y nos anuncia a todos que se equivocó de escuela. Nadie ha dado ningún papel a ningún haitiano. “¡Pero la otra escuela está cerca!”, grita, tratando de mantener el ambiente eufórico del grupo. Avanzamos, dejando frente al portón al confundido celador, que nos despide con vítores, alegre de haber recibido tan memorable visita.
El sol es inclemente con la marcha y tardamos unos 25 minutos en llegar al objetivo señalado por Ángelo. Un muchacho cae desmayado. Un golpe de calor lo ha fulminado. Un grupo de mujeres lo socorre y le mojan la cara. Cuando el grupo está completo, se ubican de cara a la nueva escuela, vociferan sus arengas anti haitianas y amenazan a los directores. Pero los vecinos dicen que no hay nadie porque es domingo. No importa, gritan igual durante una hora. Todo indica que en esta escuela tampoco se le ha dado documentos a haitiano alguno, en buena medida porque en ninguna escuela dominicana se entregan estos documentos. Todo ha ocurrido en la cabeza de Ángelo Vásquez y sus seguidores de oscuros ropajes. No importa, en su imaginario, que los hermana con Juan Pablo Duarte y sus Trinitarios, la orden ha vencido. Este domingo han impedido la nacionalización de cientos de haitianos, y con esto detuvieron, aunque sea solo por hoy, la inminente invasión.
Antes de que el grupo se junte en una media luna y cante emocionado el himno nacional para cerrar el evento, un señor moreno y de gestos firmes toma el megáfono y entre chillidos grandilocuentes les recuerda a los dominicanos que no deben comprar verduras, ni agua ni fruta a los vendedores ambulantes haitianos, tampoco deben rentarles casas. Luego recuerda con nostalgia y arropado por el cariño del gentío al general Trujillo. “Si el ‘generalísimo’ todavía estuviera, otra suerte correría para los haitianos en suelo dominicano”, dice.
Esto último sí es muy cierto.
Perejil
En los primeros días de octubre de 1937 el dictador Rafael Leónidas Trujillo viajó a Dajabón para asistir a un evento protocolario. Cuenta la leyenda, con gran arraigo histórico en documentos y testimonios de la época, que ahí fue informado de que “una banda de haitianos habían violado la frontera y se habían robado muchas vacas”. El dictador entró en cólera y ordenó el exterminio de la población haitiana en toda la frontera y la zona norte de la República Dominicana. Según varios historiadores y varios libros de historia consultados para esta crónica, los generales se lanzaron a la caza de haitianos en toda la zona norte con la ayuda de cuadrillas de dominicanos civiles.
La idea era matar a la mayor cantidad posible, sin importar la edad o el género. Pero se enfrentaban a un problema: ¿cómo diferenciar a un negro haitiano de uno local? Los militares y campesinos dominicanos resolvieron este problema de forma práctica. Al llegar a un lugar le pedían a los negros que pronunciara la palabra “perejil”. Los haitianos, de lengua francófona, no conseguían pronunciar la erre suave y entonces eran asesinados. No hay consenso entre los historiadores, pero los cálculos oscilan entre 5,000 y 25,000 personas asesinadas en aquella masacre de 1937. Para los arqueólogos e investigadores forenses ha sido un problema estudiar este evento, ya que los documentos con las órdenes de asesinato, y los partes militares fueron destruidos, y la gran mayoría de cuerpos arrojados al río Masacre. La historia recuerda esta matanza como “La masacre del perejil”. Esa palabra, perejil, es aun palabra mala en la frontera.
***
Rony llegó tarde a nuestra primera cita. Quedamos de vernos en un centro comercial a finales de febrero, pero fue muy difícil que me dijera exactamente en qué negocio podría encontrarlo. Es un hombre joven, no se llama Rony, es haitiano y trabaja para una organización prodefensa de los derechos de migrantes haitianos y afrodescendientes en República Dominicana. Es desconfiado y en nuestra primera reunión apenas logro sacarle alguna información sobre la situación de los haitianos. Me dijo que era muy peligroso para él estar en el centro comercial conmigo, dijo que lo siguen, que hombres de negro lo siguen y le toman fotos. Aseguró que su organización, de la que no puedo decir su nombre por seguridad, ha sido amenazada, que le han ofrecido la muerte. Que han linchado a más de un haitiano en los barrios. Hablamos poco más y se fue.
Nuestro segundo encuentro en abril de 2024 es aún más extraño. Me cita ya entrada la noche, a las afueras de Santo Domingo, en una KFC anexo a una gasolinera, en medio de una larga carretera. Llega tarde de nuevo y me cuenta que él mismo ha sido víctima de la Antigua Orden Dominicana. Me dice que la organización en la cual milita ha dejado de organizar eventos puesto que gente que se presentan como miembros de la orden le llaman y les dicen que los van asesinar. En 2023 un conjunto de oenegés planificaron una maratón donde correrían, juntos, haitianos y dominicanos como una forma de integración entre las dos culturas de la isla, pero tuvo que ser cancelada. “Las amenazas eran serias y decían que se iban a montar en un carro y nos iban a atropellar”.
Lo mismo pasó en octubre de 2022 cuando miembros de la orden, junto con policías y agentes migratorios agredieron a Rony y al menos a una decena de activistas más. Varias organizaciones pro defensa de los derechos de los migrantes han asegurado haber sido amenazadas por integrantes de la orden y señalan a Ángelo Vásquez como el principal responsable. Lo mismo ha afirmado el reconocido periodista televisivo Mariano Zapete, quien denuncia que luego de sus declaraciones contra el racismo y la xenofobia que sufren los haitianos recibió amenazas de muerte. Basta darse una vuelta por la cuenta de Instagram de la Antigua Orden Dominicana para ver fotos de Rony, del periodista Zapete, y de muchos más, acompañados de leyendas violentas, señalándolos como traidores a la patria. En algunas de esas publicaciones, Ángelo se graba a sí mismo hablando sobre temas migratorios y políticos como la construcción del muro, el cual le parece poco más que una pantomima: según él, ese muro debería ser más grande y estar protegido por más soldados. En sus redes la orden publicó un afiche que decía: “Hermano dominicano, el muro eres tú, el muro soy yo”, haciendo alusión al deber patriótico de expulsar a sus vecinos del país.
Rony está muy nervioso y me entrega unos documentos en donde sistematizan testimonios de haitianos que aseguran haber recibido violencia. Hay también datos sobre todo tipo de atropellos en el proceso de deportaciones y en los centros de confinamiento, pero Rony de pronto se calla. Ve hacia abajo y esconde su teléfono. Dos hombres con camisas militares negras han entrado al local y sin ningún disimulo nos toman fotografías. Hago lo mismo, les disparo un par de fotos y ellos se voltean para esconder la cara. Sus chalecos antibalas dicen A-2. Son del servicio de inteligencia de la Fuerza Aérea Dominicana. Guardamos nuestras cosas y nos vamos, casi no queda nadie en el local.
En marzo de 2024, entre mis dos encuentros con Rony, fui a la librería más grande de la capital dominicana. Inculcar el racismo, la idea de que el “nosotros” sea sustancialmente mejor que “los otros”, es un esfuerzo colectivo. No puede ser una idea suelta, debe ser estimulada y sus manifestaciones premiadas. Ya había visto la maquinaria de odio en el terreno, con quienes hacen violencia y con quienes la reciben, en la televisión y las redes sociales. Faltaba conocer la parte ideológica, siempre la hay. La doctora en historia y especialista en historiografía dominicana María Gonzales Canalda, escribió en un artículo que los libros de texto que se usan en las escuelas dominicanas presentan un fuerte sesgo hacia la parte haitiana de la isla, planteando que fue un espacio colonizado por corsarios y piratas. Quería saber, además de lo que les obligan en las escuelas, qué pueden leer los dominicanos sobre sus vecinos.
Pedí a la dependienta que me buscara todos los libros sobre Haití y la historia del pueblo haitiano y regresó con un paquete pequeño. Entre el paquete estaba, con descuento por ser producción nacional y para estimular su lectura, El peligro haitiano, del autor Hugo Ysalguez. Es un exjuez, analista político y consultor de la secretaría de Cultura, que habla de la inminente destrucción de la sociedad dominicana a manos de los migrantes, quienes, por cierto, son parte de un plan bien orquestado por parte de terribles mentes haitianas para una nueva y sigilosa invasión. En esta obra se pueden encontrar capítulos como “Yo deporté haitianos”, “Ocupación haitiana” o “Amenaza haitiana” y “No somos Haití”.
La dependienta me recomendó mucho llevar, también con descuento promocional, Haití y la República Dominicana. Un origen dos destinos en donde el autor, un exministro del interior e historiador empírico, con un revestimiento histórico más sofisticado que el anterior, desarrolla en 500 páginas la necesidad de separar en dos la isla y no mezclarse. Acá el lector podrá encontrar capítulos como “Haití: amenaza mortal”, “Haití: ¿Bandolero o víctima?” y “¡mucho cuidado!”.
El éxito de estos esfuerzos ideológicos terminan en que una población subyugue a otra, y que la gente se odie entre sí. En el proceso suceden cosas, terribles cosas, como las que le ocurrieron a Denisse.
Denisse
Denisse va por el mundo con la piel en carne viva, y cuando se vive de esa manera, todo, incluso los abrazos, duelen.
La conoceré porque en su afán por convencerme sobre la gran invasión de haitianos y del peligro que corren las familias dominicanas, Ángelo Vásquez, el líder de la Antigua Orden Dominicana, me dijo que debía visitar Aminilla y hablar con Denisse sobre lo que ocurrió el 4 de septiembre de 2023.
Aminilla está, según los mapas, a 45 minutos de Dajabón por una carretera considerada como solitaria y peligrosa. Para llegar hasta ahí contrato una moto concho, así le llaman a los taxistas de moto que por el equivalente a cinco dólares te llevan donde sea. Mi chofer se llama Adriano. Vamos a toda velocidad en su moto china, la misma en la que hace un par de años cruzaba haitianos desde su lado de la frontera hasta el interior de República Dominicana. El paisaje es hermoso, desolado, pero hermoso. Los pastizales se pierden en el horizonte. Al final el viaje dura casi tres horas, donde las últimas dos han sido por calles de barro con inmensos agujeros.
Aminilla es un típico pueblo tranquilo con casas lejanas unas de otras. Mi contacto se llama Manuel Then. Es un miembro nuevo de la Antigua Orden Dominicana. Cuando encontramos su casa, Adriano me cobra y se va, no sin antes quejarse por estar metido en esas lejanías.
Manuel Then es de unos 60 años, se mueve despacio y escucha con atención. Manuel ha sido ganadero toda su vida, ahora tiene además un pequeño supermercado en Dajabón. Me lleva a la parte de atrás de su casa donde tiene una mesa al aire libre y me sirve el café más rico que he probado jamás. “Los haitianos son un mal necesario”, me dice. Cuenta que siempre han estado acá, hasta Haití solo hay 37 kilómetros y por estos lados no han construido muro. Pero no fue hasta los años noventa cuando comenzaron a recibir oleadas de migrantes en busca de trabajo. De eso acá había mucho. “Todo el trabajo de la agricultura y todo el trabajo del ganado lo hacen los haitianos”, me dice Manuel.
El 4 de septiembre de 2023, Manuel terminaba su desayuno cuando una vecina le gritó desde la calle: “¡Manuel, han matado a Papito, han matado a Papito!”. Papito es el sobrenombre de Ramón Medina, quien era el esposo de su prima, y un hombre respetado en la comunidad. Fueron además compañeros en la escuela. Según Manuel, Papito trabajó en los Estados Unidos, hizo una masa de dinero y regresó a comprar ganado. Pero era hombre de hacer, y se fue con su esposa, prima de Manuel, a vivir a unos cuantos kilómetros del pueblo. Ahí crió un formidable hato de vacas lecheras y ahí formó una familia.
“Quien mejor le puede contar esto es Denisse, ella se salvó de la masacre porque ella estudia en Santiago, no estaba en casa”, me dice Manuel y me lleva en su moto hasta una casa en el centro del pueblo.
En una silla de madera, desde lo profundo de la oscuridad, está sin estar Denisse. Es una muchacha de 20 años, blanca y rolliza. Su cara se ha quedado estancada en una mueca sin emoción y me mira como si estuviese viendo a alguien o algo desde muy lejos. Sus abuelos la acompañan, se sientan a escuchar lo que Denisse va a contarme y a la abuela se le mojan los ojos aun antes de que empiece a hablar. “Yo estaba en el baño, preparándome para ir a la universidad, cuando mi compañera me tocó la puerta, bien fuerte, y ella nunca hace eso”. Lo siguiente que le dijo fue: “Denisse, tu familia”.
Según documentos judiciales presentados en un juicio, esto es lo que le ocurrió a la familia de Denisse.
La mañana del 4 de septiembre, como todos los días, Papito salió de su casa a las 5 de la mañana y caminó los 15 metros que la separan del cobertizo donde sus vacas le esperaban con las ubres llenas de leche. Las vacas de Papito lo conocían, él las iba llamando una a una por su nombre y ellas le ofrecían sus ubres para que las vaciara. Mientras esperaba a Ekenlen Cherolous, a un haitiano que trabajaba con él cuidando el ganado, lo capturaron. Eran cinco hombres, todos haitianos. Le pegaron en la cabeza y lo amarraron con un lazo color marrón.
El grupo marchó a la casa. Ahí le dispararon en la cabeza a Charlo Veloz Quezada, un amigo de la familia que durmió ahí esa noche para ayudar en el trabajo del ganado. No debe haber sentido, todavía dormía. El tiro le juntó los sueños con la muerte. Hicieron lo mismo con Chistofer, uno de los dos hermanos de Denisse: también lo mataron en el catre. A Carmelina, la sacaron de la cama y la llevaron hasta la cocina junto con Christian, el otro hermano de Denisse. Le ordenaron a Christian que fuera a su camión, estacionado frente a la casa, y sacara el dinero que ellos sabían que tenía guardado. En el camino suplicó al haitiano que lo conducía, picándolo con la punta de un puñal, que no mataran a su madre, que lo mataran él. Pero el haitiano le dijo: “No soy yo el que manda, es el otro, el que tiene la pistola. Ese odia a los dominicanos, los va a matar a todos”. Se refería a Pacheco Beltrán, el líder de la banda.
Christian escuchó un grito, una pelea y varios balazos. Su madre estaba muerta. A él, Pacheco Beltrán le dijo: “Yo voy a matar a todos los dominicanos de la frontera. Son unos malditos”. Y le disparó. El tiro lo dejó inconsciente unos minutos. Cuando se despertó corrió dando traspiés hacia el cuarto de sus padres y tomó la escopeta de su padre. Pero la casa es pequeña y el arma es de cañón largo, así que no pudo maniobrar ni apuntar y se la quitaron. Luego le volvieron a disparar y lo dieron por muerto.
Ekenlen Cherolous, el ayudante de Papito, llegó al potrero y se encontró a su patrón amarrado pero vivo, corrió a la casa y se encontró con cinco hombres llenos de sangre, con una pistola, un cuchillo y la escopeta de Papito. Le apuntaron, y Pacheco Beltrán le dijo: “No te mato porque eres haitiano”, y se fue rumbo al cobertizo, donde le dio varios disparos a Papito en la cabeza, quien murió frente a los ojos grandotes de sus animales.
Ekenlen es joven, de una edad indescifrable para Denisse. Ha sido fiel a la familia durante varios años y la lealtad le hizo quedarse, a pesar que los matadores le ordenaron huir de ahí. Aquella mañana corrió a la casa con la esperanza de salvar a alguien y se encontró a Christian, quien aun con dos tiros en el cuerpo, y sin más armas que sus manos, quiso perseguir a los asesinos de su familia, pero las fuerzas le traicionaron y se desplomó. Ekenlen corrió al pueblo. Es una carrera larga, en cuestas y barrancas, y llegó gritando. El grito se multiplicó y llegó hasta una mujer que corrió hacia la casa de Manuel Then: “¡Manuel, han matado a Papito, han matado a Papito!”.
Christian sobrevivió y fue él quien contó esta historia y quien, junto con Enkelen, identificaron a los asesinos en el juicio.
Le pido a Denisse si me puede enseñar la casa donde creció, la casa donde masacraron a su familia. “Podemos entrar pero no quiero que tomes fotos a donde ellos quedaron”, dice. El olor es fuerte, la casa ha estado cerrada. “Son las ratas. Es olor a rata muerta, porque les ponemos veneno”, dice Denisse, pero ahí no hay ratas, ni veneno. La cuchilla de afeitar de Papito todavía permanece colgada en el baño, como esperando a su amo. Los abuelos de Denisse han puesto cruces en el lugar exacto donde quedaron los cuerpos. Afuera de la casa las vacas son ordeñadas ahora por un mozo nuevo, mientras mugen suave y largo, como una corneta.
“Mi mamá siempre fue buena con los haitianos. Cuando cruzaban por acá siempre les sacó comida caliente y agua. Mi papi siempre les dio trabajo, nunca se les trató mal. Yo siempre estuve en contra del racismo y esas cosas. Pero ahora lo entiendo”, dice Denisse.
Su abuela se lamenta no haber hecho más. “Yo le dije a mi hija que se saliera de ahí, que era muy peligroso, que ya la muerte andaba cerca”, dice con la mirada en su taza de café. Una semana antes de la masacre, Oso amaneció muerto, con espuma en la boca. Era una cruza de pastor alemán, un perro guardián de buen tamaño. “Después de lo de Oso yo le dije que se vinieran para acá, pero me dijo que ella tenía mucho trabajo y que Papito tenía sus armas y que estaban bien, y mire Juan lo que vino a pasar”.
Quién sabe por lo que tuvo que pasar el haitiano Pacheco Beltrán para odiar tanto a los dominicanos, para matarlos de esa manera. Sí sé lo que Denisse y lo que queda de su familia, han pasado para abominar a los haitianos; y no tengo los cojones, ni la cara dura, ni la imprudencia suficiente para comentarles que ahora ellos se han convertido en racistas.
Fogatas
Los Trinitarios de Manzanillo han capturado diez personas. Ahora, con la oscuridad de la noche sobre nosotros, es más complicado localizar a sus presas. Pero los trinitarios llevan un año cazando haitianos y ya han aprendido algunos secretos. Los haitianos generalmente están por debajo de los dominicanos más pobres, representan el piso del sótano en términos de escala social económica. Una de tantas cosas que ellos no compran es gas. “Si tú quieres pillar un haitiano en la noche tienes que buscar el fuego”, me dice uno de los trinitarios. Los sigo hasta una pequeña altura desde la cual se ven varias hogueras. Quizá son los hombres jóvenes que escaparon de los barrios ante la presencia trinitaria.
Nos dirigimos a una de esas luces. Es una construcción abandonada. Ñaño se lleva el dedo a los labios. Shhh. Avanza despacito. Al acercarnos escuchamos como truena la leña al conocer el fuego. Otros trinitarios rodean el lugar. Ñaño y el capitán Talavera entran. Ñaño lleva el revólver en la mano. Unos ojos asustados nos reciben, dos niños pequeños buscan la protección de una mujer joven, ella solo puede cargar a uno, el otro debe conformarse con la protección que le da una falda. “Bon soir”, dice el capitán. Una mujer mayor cocina unos vegetales indescifrables en una olla vieja y ennegrecida. A los pequeños les dio hambre, protestaron, la abuela hizo fuego para hacerles un potaje, los trinitarios vieron el fuego. Se podría decir que a esta familia la delató el hambre.
Están rodeados. El hombre del grupo se pone de pie, poco puede hacer, son muchos y está desarmado. Opta por la estrategia de los vencidos. Les saluda y les sonríe, su mujer hace lo mismo, ambos abren grande la boca en sonrisas nerviosas. Más pareciera que mostraran al capitán Talavera su dentadura. Solo la abuela no sonríe, lo mira a los ojos, seria, impávida. El capitán los examina. Ñaño, el psicólogo y otros trinitarios inspeccionan entre las ruinas de este lugar en búsqueda de alguna otra presa escondida. La pareja de haitianos sigue sonriendo, cada vez con la boca más abierta. La abuela no le quita los ojos del rostro. El capitán Talavera les dice que se mantengan alerta, que si ven algún haitiano nuevo se lo reporten, que no se metan en problemas. Nos dice que nos retiremos. Al parecer estos no son “haitianos nuevos” de los que cazan los trinitarios y los dejan en paz por esta noche. Ñaño mira la comida que prepara la abuela y dice: “Qué porquería”.
Seguimos la ruta. Atravesamos el pueblo en las motos y la gente que toma cervezas afuera de las tiendas les gritan porras a los trinitarios. Un muchacho de camiseta desmangada grita: “¡Dale un par de batazos a esos haitianos de mi parte, Ñaño!”. Los trinitarios hacen sonar las bocinas de sus motos y unas señoras, sentadas en el porche de sus casas les aplauden y vociferan: “¡Esos son los trinitarios!”.
Aparcamos frente a una casa blanca de verja negra. Un hombre moreno y larguirucho sale a saludar. Es el alcalde electo, Enercido Metz, del Partido Revolucionario Moderno, el mismo que el del acalde de Dajabón y el presidente, Luis Abinader. El alcalde anterior, el que denunció a los trinitarios, recibió muy pocos votos. Este, quien se presentó a la campaña bajo el lema El cambio que une, prometió darles todo el apoyo y de ser posible ayudarles a replicar este modelo en otros pueblos de la frontera. Los trinitarios y el alcalde mantienen una conversación impostada, algo que muy difícilmente sucedería de no estar yo acá. Básicamente se hacen cumplidos y se dicen formalismos. Hablan del gran problema haitiano. Me cuentan que el alcalde saliente quiso desarticular al grupo, dicen que le ofreció un mejor salario y mejor puesto a Ñaño con tal que dejara el grupo, pero que él siguió fiel.
—Yo soy negro, pero yo tengo mis valores y yo este grupo no lo dejo mi por todo el dinero del mundo —dice Ñaño.
—¿Y porque tú te hablas así tan feo? —lo interrumpe el alcalde con tono paternal. —Yo no miro el color, para mí todos somos iguales.
Les pido posar para una fotografía. El alcalde entra a la casa corriendo y se pone una camisa blanca de cuadritos. Los trinitarios se quitan los pasamontañas y esconden las armas.
Frontera Masacre
El 20 de junio de 2024, cuando ya había salido de la isla de La Española, recibo un video del capitán Talavera. Está parado junto al agente Winston Espinal, alias Ñaño, y junto al jefe de la policía de Pepillo Salcedo. Desde la oficina municipal, Talavera anuncia su nueva investidura como policía municipal. El alcalde, Enercido Metz, cumpliendo sus promesas de campaña, ha puesto una placa en el pecho del jefe de Los Trinitarios.
La Antigua Orden Dominicana ha unido fuerzas con varios funcionarios, altos mandos militares y policiales y con varios partidos políticos. En mayo de 2024 organizaron una concentración frente a la sede de Naciones Unidas en Estados Unidos para pedir que la ONU abandone la idea de instalar campos de refugiados haitianos en República Dominicana.
Manuel Then, el ganadero bonachón, el hombre que nunca ha usado armas y quien ha dado por décadas trabajo a los haitianos, tiene un nueva misión como miembro de la orden: formar y dirigir un grupo para la captura y expulsión de los haitianos de Aminilla al estilo de Los Trinitarios Hijos de Manzanillo.
Denisse sigue en el mundo con la piel en carne viva. “Son una raza de tarántulas”, me dijo aquel día de marzo después de hablarme sobre su familia masacrada. En ella termina la cólera antigua, macerada y trasmitida de los esclavos africanos, traídos a la isla, las invasiones, las guerras entre franceses y españoles, los muros, los canales en el río. En ella se juntan los machetes, la explotación, las dictaduras, el perejil, las jaulas rodantes, el racismo. Todos esos odios que han construido la Frontera Masacre. Sentada en el porche de su casa, mirándome sin verme, dijo: “Son una raza sanguinaria. Por eso les llegan todas las maldiciones, y los huracanes y los terremotos y las hambrunas… son una raza de tarántulas”.